Peligra el atún

 

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Una reciente investigación, publicada en la revista ''Science'', ha estudiado durante cinco años las rutas migratorias de los grandes atunes, mediante chips electrónicos instalados bajo la piel de estos peces, de sangre caliente.

El estudio ha revelado, por ejemplo, que los atunes pueden nadar en aguas templadas o congeladas, bajar a profundidades de hasta 1.000 metros o cruzar varias veces el Atlántico en el mismo año.  

 

Pero también ha revelado que sus hábitos migratorios pueden poner en riesgo su supervivencia, porque la pesca excesiva permite su captura a ambos lados del océano, estimulada por los altos precios que puede alcanzar, especialmente en Japón.

Un solo ejemplar de 200 kilos se ha llegado a cotizar hasta los 175.000 dólares. Los atunes gigantes (Thunnus thynnus), también conocidos por su nombre en inglés, ''bluefin'', pueden medir hasta cerca de 3 metros y pesar hasta 680 kilos.  

 

Además de ser formidables en la natación, poseen sangre caliente, con una temperatura interior de unos 25 o 26 grados, incluso cuando navegan por aguas extremadamente frías, según han comprobado investigadores del Centro de Conservación de los Atunes, que los atunes son vulnerables en todas las pesquerías del Atlántico y que si se quiere mantener su población, todos los países deberán prestar atención a los movimientos migratorios de esta especie.

La captura de estos animales está regulada por la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico, con sede en Madrid. Los atunes, según, no entienden de pesquerías, ni de límites. Nacen tanto en el Golfo de México como en el Mediterráneo, los dos criaderos en los que los animales adultos realizan el desove.  

 

Atraviesan el Atlántico hasta dos veces en un mismo año, según se ha podido comprobar gracias a los sensores implantados en 377 ejemplares que habían sido capturados mediante pesca deportiva sin muerte y devueltos al mar una vez implantado el sistema de control.

Este estudio ha permitido conocer que los atunes dedican menos de un mes a la puesta de huevas y que, pese a la profundidad a la que pueden descender, su hábitat natural es la superficie de las aguas, especialmente templadas.