El Mayor Museo
El museo más grande del mundo yace bajo las aguas. Nadie conoce la cifra
exacta, pero cientos si no millares de navíos se fueron a pique en el fragor de
las batallas o bajo la violencia de las tempestades, llevándose hacia los fondos
marinos ánforas romanas, lingotes de oro, cañones y cajas de porcelana china.
Para dar una idea del tráfico marítimo que alcanzó un desarrollo sin precedentes
en el siglo XVI, la flota de la Compañía Neerlandesa de las Indias hizo en dos
siglos 8.000 viajes de ida y vuelta a China. Pero hasta mediados del siglo XX,
ante la imposibilidad de acceder a este museo sumergido, los océanos eran una
inmensa caja de caudales en la que dormían esos tesoros de las civilizaciones.
Hace poco más de 2.700 años, dos de los navíos más antiguos descubiertos
tuvieron un destino funesto al parecer cuando, cargados de ánforas de vino, se
dirigían de Tiro hacia el Egipto faraónico. Esos dos vestigios fenicios, de
menos de veinte metros de longitud, fueron localizados en junio de 1999 frente a
las costas israelíes por Robert Ballard, descubridor de los restos del Titanic,
y Lawrence Stager, arqueólogo de la Universidad de Harvard, a quienes se les
había encargado la búsqueda de un submarino israelí, el Dakar, desaparecido en
el mar en 1969 con sus 69 tripulantes. Dos pequeños robots submarinos, el Jasón
y el Medea, se sumergieron a 300 y 900 metros de profundidad para filmar e
iluminar los restos de los dos navíos fenicios y permitieron comprobar que se
encontraban en excelente estado de conservación.

Como explica Ballard, las aguas profundas, cuyo contenido de oxígeno disuelto es
más débil, constituyen una mejor protección que las aguas bajas: "A esas
profundidades, la falta de luz solar y las fuertes presiones permiten conservar
esos testimonios históricos mucho mejor de lo que pensábamos." En efecto, una
nave de 3.300 años de edad descubierta cerca de Turquía en aguas menos
profundas, así como otras dos naves fenicias, procedentes del siglo vii a.c.
halladas cerca de Murcia, en España, se encontraban en mucho peor estado.
El hallazgo de los dos navíos al sur de Israel causó sorpresa, pues se ignoraba
que los fenicios comerciaran utilizando esa ruta marítima. Un decantador de vino
(prueba de que entonces el vino se decantaba), anclas de piedra, vasijas de
barro y un incensario se encontraron en medio de ánforas típicas del estilo de
esa época tiria. Ello permitió establecer con aproximación la fecha del
naufragio y sobre todo el origen de los barcos. "En un futuro próximo", según
Ballard, "se producirán sin duda otros hallazgos importantes que van a modificar
radicalmente el mapa del comercio marítimo de la Antigüedad." El descubrimiento
frente a las costas de Sicilia de navíos romanos ha confirmado una hipótesis
controvertida durante mucho tiempo según la cual los romanos eran perfectamente
capaces de alejarse de las costas para navegar en aguas profundas.


Un testimonio histórico y
arqueológico
Fue un cañón cubierto de sedimentos
marítimos y moluscos el que señaló la presencia, en las cercanías del
archipiélago venezolano de Las Aves, de la flota enviada por Luis XIV para
expulsar a los holandeses de las Antillas. Después de haber saqueado Tobago, la
escuadra al mando del conde Jean d’Estrées puso rumbo a Curação, donde su
victoria sobre los holandeses habría sido aplastante si, el 11 de mayo de 1678,
la mitad de sus naves —13 buques de guerra y 17 navíos corsarios— no hubieran
naufragado a causa de la tempestad. De 5.000 hombres, 500 perecieron en medio de
las olas y un millar murieron de hambre y enfermedades tras haber sido arrojados
en islas desiertas.
Esta catástrofe dio al traste con las esperanzas de los franceses de reinar sin
contrapeso sobre el Mar Caribe, que pronto se convirtió en un refugio de
piratas. Pero hoy en día, aunque no enarbolen la bandera negra con una calavera,
los piratas no han desaparecido. El venezolano Charles Brewer-Carias y el
estadounidense Barry Clifford localizaron en medio de otros vestigios el navío
almirante Le Terrible, defendido por 70 cañones y 500 tripulantes. Venezuela,
que no dispone de medios para hacer explorar el sitio por un organismo estatal
de búsquedas arqueológicas, otorgó a la empresa de obras públicas Mespa una
licencia de exclusividad para excavar y comercializar todo lo que pudiera serlo.
Clifford se declaró "horrorizado" por la concesión del sitio a un inversor
privado: "Algún día el pueblo venezolano se sentirá a su vez horrorizado por lo
que se autorizó en Las Aves." "Trajimos un arqueólogo a bordo del navío de
investigación", se defiende Mespa, que admite sin embargo que desea rentabilizar
su inversión creando una "industria" de los descubrimientos.
"Cada vez que se produce una situación similar, los grandes perdedores son los
Estados. No es más que una forma moderna de piratería", afirma John de Bry,
arqueólogo de Florida. La empresa privada piensa que puede encontrar efectos
personales de valor del conde de Estrées y de sus oficiales, pero los
arqueólogos dudan que una flota de guerra pueda contener un verdadero "tesoro".
En cambio, temen que se pierda el testimonio histórico y arqueológico de los
vestigios y de su posición. La construcción de los navíos debería ayudar a
entender mejor la arquitectura naval de la época en que Colbert creó una marina
real y la industria que la acompañaba.
Efectuar una relación precisa de la posición de los diversos objetos en el fondo
antes de izarlos es una operación delicada que toma tiempo y cuesta caro. La
exploración submarina es una actividad sumamente onerosa en aras de un resultado
aleatorio. Pero como la rentabilidad es la única preocupación de los cazadores
de tesoros, y un día de excavaciones cuesta una fortuna, se apresuran a extraer
lo que tenga un valor monetario inmediato, aunque deban destruir todo a su paso.
Y algunos han llegado incluso a utilizar explosivos. No les interesan los
vestigios sin valor que apasionan a los historiadores: una inscripción en el
fragmento de una vasija puede indicar una ruta marítima, un pedazo de calzado
decirnos mucho sobre la vestimenta de los marinos, un esqueleto revelar heridas
o carencias alimentarias. El casco del Maurithius, que naufragó frente a las
costas de Guinea de regreso de China en 1609, estaba aún tapizado de casi 20.000
escamas de cinc casi puro, testimonio del adelanto de la metalurgia china frente
al retraso de Europa en la materia.
El problema de la concesión de licencias se planteó a una escala aún mayor en el
archipiélago portugués de las Azores, uno de los fondos más ricos del planeta,
pues constituía una escala obligada en la travesía del Atlántico. El Museo
Nacional de Arqueología de Portugal ha contabilizado 850 navíos españoles y
portugueses hundidos allí, muchos de ellos cargados de oro. Ochenta y ocho yacen
en la bahía de Hangra do Heroismo, donde en 1972 desembarcó el cazador de
tesoros británico John Grittan. La aventura concluyó para él con la cárcel,
donde pasó casi dos meses, y con la prohibición de proseguir sus actividades.
Hasta que casi 25 años después, amparándose en una nueva ley que autoriza a las
empresas privadas a excavar los fondos del archipiélago, regresó como director
de la sociedad Arqueonáuticas, presidida por el contralmirante Isaías Gomes
Texeira, una de las primeras en obtener un permiso para realizar búsquedas y
proceder a su explotación.
Uno de los más célebres cazadores de tesoros, Bob Marx, establecido en Florida,
se declaró interesado, ofreciendo un reparto al término de la operación: 50% de
los descubrimientos para él a menos de 50 metros de profundidad, 70% más allá de
este límite. "¡Con esta legislación, hemos sacrificado la historia en el altar
del dinero!", exclama Francisco Alves, director del Museo Nacional de
Arqueología de Portugal. Mientras tanto, los españoles analizan febrilmente los
tratados de derecho para saber si pueden salvar el patrimonio de sus propios
galeones.
A veces, los cazadores de tesoros realizan beneficios colosales. Uno de ellos,
Michael Hatcher, de dudosa reputación, obtuvo unos quince millones de dólares de
la dispersión de la porcelana china hallada en el Geldermalsen, navío holandés
desaparecido en 1752 en el Mar de China. Christie’s, la principal firma mundial
de ventas en subasta pública, se especializó en un momento dado en ese tipo de
operaciones, pero ahora es más cautelosa en vista de las controversias y
dificultades jurídicas que suscitan. Aunque Hatcher declaró haber hallado los
restos del naufragio en aguas internacionales, algunos investigadores sostienen
que éstos se encontraban en la zona marítima de Indonesia. Ese país inició una
investigación, pero uno de sus responsables desapareció al sumergirse en el
sitio, lo que ha aumentado el carácter folletinesco del asunto. Indonesia
abandonó ulteriormente el procedimiento, pero en medio de rumores insistentes de
corrupción de la familia Suharto, que dirigía entonces el país.
"Todo este dinero que circula agrava directamente el peligro, puesto que se
reinvierte en nuevas exploraciones", observa Lyndel Prott, jefa de la sección de
normas internacionales del sector de Cultura de la UNESCO. "Los Estados toleran
una dilapidación de tesoros bajo el mar que jamás aceptarían bajo tierra."
Vincent Noce, periodista del diario Libération, París